Con motores V8 y V12 de 525 y 612 CV
27/04/2009
Por todos es conocida la reputación de AMG como preparador de versiones especiales sobrepotenciadas. Desde que Mercedes asumió el control de esta empresa para incorporarla como su división de modelos deportivos, el refinamiento, la exclusividad y la maestría de sus productos han alcanzado cotas de perfección difíciles de superar. Con cada nuevo proyecto se superan a sí mismos: un buen ejemplo de ello son las últimas creaciones de casa. Se trata esta vez de dos superlativas versiones deportivas de la flamante berlina S, anunciada y presentada hace escasos días por la firma de la estrella.
Realmente, los nuevos S 63 y S 65 AMG dejan pequeños todos los calificativos para definir estas máquinas. Auténticos acorazados del asfalto y verdadero armamento pesado para la carretera, su principal diferencia radica bajo el capó.
Mientras que el S 63 –disponible con carrocería corta y larga– equipa un propulsor V8 de 6,2 litros con doble turbocompresor que rinde 525 CV, el S 65 monta un V12 de 6,0 litros atmosférico que desarrolla 612 CV. A parte de las prestaciones, con ligeras diferencias entre ambos, lo que los distingue estriba más en las sensaciones que proporciona cada una de estas mecánicas.
Aunque parezca lo contrario es el de menor potencia el que ofrece mayor deportividad y agresividad en su respuesta y, por tanto, en su conducción; por cuanto que el más “gordo” ofrece una entrega de potencia más lineal, con muchos bajos –no en vano dispone de 1.000 Nm de par motor– y no tan “violenta”, siempre teniendo en cuenta que estamos hablando que dos vehículos de potencias desbordantes.
El S 63 AMG acelera de 0 a 100 km/h en 4,6 segundos y consume una media de 14,4 l/100 km con ambos tipos de carrocería. Por su parte, el S 65 AMG acelera de 0 a 100 km/h en 4,4 segundos y gasta sólo una décima de litro más (14,5 l/100 km), a pesar de tener 87 CV más. Aunque pueda parecer una barbaridad, lo cierto es que es una de las berlinas de su categoría (más de 600 CV), que “menos” carburante gasta. En ambos casos la velocidad máxima ha sido autolimitada a 250 km/h y en lo referido a transmisión también presentan significativas variaciones. Los dos montan una caja de cambios automática con levas en el volante pero en el V8 es de siete marchas (7G-TRONIC) mientras que en el V12 es de cinco, puesto que sólo este cambio soporta su estratosférico par.
Semejante brutalidad mecánica debe tener una equivalencia directa en el precio, es por lo que estos “acorazados sobre ruedas” están sólo al alcance de los clientes de la marca más fieles pero sobre todo más acaudalados. El menos potente, el S 63 AMG, está a la venta desde 152.150 € con carrocería corta (5,10 m) y a partir de 159.950 € con carrocería larga (5,23 m). El S 65 AMG sólo está disponible en la variante de carrocería larga, desde nada menos que 247.100 €.
Texto: Narcís Reixach
De relevancia
Destacamos: Diferencias estéticas mínimas
Si algo caracteriza a los preparadores alemanes es su tendencia a sobrecargar estéticamente las versiones transformadas y sobrepotenciadas. Sin embargo, la estricta batuta impuesta por el departamento de diseño de Mercedes ha logrado que las variantes AMG luzcan un envidiable aspecto, que combina de forma muy acertada el clasicismo y la elegancia de los modelos de la marca con un electrizante y dinámico diseño deportivo patente sólo en aquellos elementos que lo permiten y lo precisan.
Así, la parrilla es diferente respecto a la Clase S, las entradas de aire más son grandes y los paragolpes más voluminosos. Además, los retrovisores y las luces de marcha diurna de diodos luminosos son de diseño específico AMG. Ambos llevan dos salidas de escape dobles con un difusor inferior bitono en negro y el color de la carrocería. Las llantas de aleación son de 19'' en el S 63 AMG, que calza neumáticos de medidas 255/40 delante y 275/40 detrás, mientras que el S 65 AMG lleva llantas de 20" montadas en unas cubiertas 255/35 delante y 275/35 detrás. Finalmente los correspondientes anagramas identificativos de cada versión se encargan de puntualizar las características de cada modelo. El resultado es francamente atractivo y visualmente ya denotan su poderío mecánico. Huelga decir que si se tiene la oportunidad de oírlos en marcha, las posibles dudas sobre lo que se esconde cada uno bajo el capó se disipan al primer segundo. Es tal el bramido que emana de sus tubos de escape que produce escalofríos con sólo escucharlo al ralentí.